« ¡Chachi, mi suegro tiene cáncer! », murmuré, pensando en el dolor que le provocaría a mi esposa cuando se enterase. Lágrimas bajaban por mis mejillas; estaba tan abrumado que se me hacia difícil el pensar en otra cosa. Me había prometido ser fuerte y ser de apoyo a ella en tan dura prueba.

Pasaron dos años para que al fin mi suegro partiera con el Señor. En su última noche de vida permanecí junto a él en la habitación. Recuerdo que en la madrugada sucedió algo casi sobrenatural... Escuchaba al suegro entonar uno de esos himnos antiguos que ya ni cantan en las iglesias. Era una melodía angelical, una que en verdad me hizo levantar de la cama para ver si en efecto era real lo que escuchaba.  Lentamente, sentí como si mi cuerpo se estremeciera mientras mi amado Chachi entonaba sutilmente aquel viejo himno. No dijo una sola palabra; su rostro emanaba total paz. Entonces, sorpresivamente exclamó un gesto profundo de dolor y no escuché más.

Estar junto a mi suegro durante su enfermedad significó mucho para mí pues pude ver como Dios se muestra a nuestras vidas de formas insospechadas. Aquella noche culminaba entre ambos una amistad cosechada por interminables conversaciones cuando íbamos a su  tratamiento de quimioterapia. Verlo poco a poco deteriorarse fue duro para todos. Mas, cuanta alegría sintió mi alma al escucharle entonar aquel himno. Para mí, una señal de lo alto, una confirmación del Padre de que todo iba a estar bien con él.

Mateo 28:20
… he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

Por Serafín Alarcón

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